Descanso, receso de las redes sociales, vacaciones de trabajo, de la mente, del cuerpo, del espíritu, de Facebook y de instagram derivan líneas al azar que si las juntas es un montón de información que sabía, que leí por ahí, que aprendí, que aplique, que algo me enseñaron en la facultad, que se yo... El capricho de escribir, digamos la posta.
Estoy de viaje con unos amigos y además de Dios, la vida, la muerte y la música estuve conversando mucho con ellos sobre el humanismo, el posthumanismo y como nos relacionamos con las demás personas atraves de la tecnología, parece, animales de costumbres que naturalizamos conductas demasiado prontamente posthumanistas... Y si las naturalizamos nos cuesta verlas estando inmersos, por tanto alejarnos sirve al ejercisio tan pleno que nos gusta tanto de cuestionarnos algunas cositas.
Por eso descansamos dos semanas de las redes y acá estamos nuevamente, en este caso quién suscribe, escribiendo en una plataforma posthumanista sobre no querer convertirme en una posthumana, ponele.
En la era del humanismo, las relaciones humanas se podían contar en base antetodo a la lectoescritura.
En internet las redes sociales también forman comunidades parciales y efímeras. Cada usuario de Facebook o Instagram, pertrechado de corazones, produce una comunidad de “amigos”. Y cada vez que algunos de sus “amigos” ven una foto divertida suben el pulgar o envían un corazón para decir “me gusta”, así crean una comunidad en torno a la foto o el posteo como mejillones pegados sobre una piedra. Tal vez, ya se ha dicho, la condición efímera de estas comunidades genera una sensación de pertenencia débil y de identidad evanescente. Pero a diferencia de la comunidad nacional, Facebook o Instagram no nos pedirán que vayamos por ellos a la guerra, de momento. Apenas exigen que cumplamos un servicio de conexión y visualización obligatorio.
Al posthumano la lectoescritura y la nación le significan tan poco como la escuela. La educación y la patria son inútiles para el ascenso a través de la obtención de teléfonos de última generación (más aún, si grava la importación, la nación es un problema). Tampoco la educación y la patria son útiles para el ascenso en popularidad o hacia altos puestos de trabajo. Al posthumano no le interesan los valores intensos y anticuados de los himnos humanistas. El himno lo canta por deporte, en las canchas y para que Messi “la rompa toda”, aunque al ídolo “postmaradoniano” parezca no significarle nada. Para martirio del humanista, la letra del Himno Nacional, con sus rotas cadenas y noble igualdad, hace dos mundiales fue reemplazada por diversas tonalidades del “Oh Oóh Oóh / Oooooooooooóh / Oh Oóh Oóh / Oh, oh”.
Los millenials y no tanto hasta tienen amoríos virtuales, donde naturalizan y destierran el contacto humano hasta sexualmente, "mándame una foto", "mostrame", "juguemos", sexo virtual esplicito dónde se puede ver al otro, escucharlo hablar, sentir la respiración, desearlo, admirarlo, pero nunca tocarlo, al extremo de confundirlo con un holograma o una ilusión que puede afectar muchísimo a la emocionalidad, esa si que muy real por cierto. Por tanto que quienes pregoneamos al humanismo aún como única revancha de no dejarnos arrastrar insanamente por estos medios virtuales, pasamos de ciudadanos, a usuarios y de usuarios a desertores para no convertirnos en estúpidas extensiones de estos aparatejos.
La vida a través de estos medios muchas veces suele ser confusa, más allá de poder generarse buenos vínculos humanos eso si si hay encuentro real después, las relaciones netamente virtuales pueden ser enfermizas y hasta deprimentes.
Quien escribe este texto que analiza y separa el humanismo del posthumanismo y toma partido por el primero, lo hace chequeando frecuentemente el celular. Pero ¿la lucha está perdida? ¿El humanismo ha muerto? ¿Es inútil intentar esclarecer algo de la confusión acerca de lo que se entiende por humano? En tal caso, aun en la derrota, habrá que seguir elaborando pensamiento crítico, confiándonos a los libros, descubriendo un párrafo, una frase, una última palabra emancipadora tallada en puño y letra en el tablado del cadalso.
Creo que seguir preguntándonos que hacemos todos acá, es la única respuesta a la vorágine que intenta, si nos dejamos, arrastrar en esta especie más que de postmodernismo, de posthumanismo.
No dejar de tener el deseo de abrazar y ver a los ojos a la gente en vez de estar chateando por celular, quizá nos devuelva el eje real de los seres perfectamente humanos que somos y que por más tecnológicos que nos sintamos sabemos que necesitamos al otro enfrente para que la relación sea ante todo sana y natural.
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