Jamás nos conocimos, ni nos volveríamos a conocer.



Dicen unos amigos periodistas esto de la responsabilidad afectiva, ese boludeo con el supuesto chongo o chonga, dónde se hacen los más poronga, los que tienen todo bajo control, y todo siempre se termina llendo de las manos, contradictoriamente no llegando, nunca siquiera a un primer encuentro.

¿Porque?

Porque no hay límites cuando de amor se trata, o de sexo que es otra forma de amor que genera apego.
Porque no debería ser tan difícil relacionarse con un otro así sea sin etiquetas. Todos tienen miedo, terror, se la pasan mirando historias en Instagram de posibles conquistas solo virtuales.

Parece que no nacimos para estos tiempos nos reímos con Juli y Martin en un bar platense una mañana de noviembre, la única que nos queda es desertar, hacer el experimento y ver qué pasa, huir despavoridamente de las redes que nos llenan de sobreestimulos y sobrecargas emocionales, lo digo yo y mis amigos me escuchan, como siempre asienten con la cabeza.

Después del enriedo sexual amoroso que sufrí yo en el verano, después de que una chica lo deje pagando a Juli en una cita y a Martin lo hayan chamuyado tres meses y nunca concretado, la única que nos queda es irnos de esas redes del díablo por dónde encima conocimos a estos irresponsables afectivos.

Al final son gente que nunca conocimos, ni lo volveríamos a hacer.

Trovadores, sobrevivientes, troyanos de una realidad sexual-afectiva netamente virtual que todos naturalizan y que nosotros no estamos dispuestos a tranzar.

Pedimos tres cervezas más, recordamos épocas de facultad, nos reímos a carcajadas de la histeria del Joaquín del verano, Martin pega el chicle bajo la mesa, Juli se guarda el vaso en la mochila y nos vamos al mundo, convencidos de que quizá afuera si alla gente que podamos tocar, ver a los ojos, oler, abrazar, eso sí, si algún día toda esa gente despega la cabeza del celular.



Comentarios