A mí me encanta hacer mandados, te juro, hablar con desconocidos de temas trascendentales es mi mayor talento, no se para que estudie fotografía, periodismo, historia, filosofía, teología y prevención de adicciones si este, posta, es mi oficio real en la vida.
Igual haría cualquier cosa para evitar las grandes plataformas comerciales. Pero en villa Allende, a la siesta, los super e hipermercados es lo único que está abierto.
Lo cual viene bien para quien se despierta al mediodía como yo, aunque se haya levantado a las seis de la mañana, para entrar a laburar a las siete. Miro la heladera, veo verduras (¿verduras?), intento hacerle un estudio forense de cómo las obtuvo el verdulero y ahí decido, a mitad del análisis, me doy cuenta que no importa su origen, charlo con el verdulero peronista, qué importa- sino su destino. Falta, claro está, un pedazo de carne. Tal fue mi caso días atrás. Revisé los bolsillos, comprobé que tenía plata y fui al supermercado que queda a cuatro cuadras, porque el que está a media cuadra ya no vende carne. Tiempos postmacristas.
En el supermercado, compré un pedazo de lomo (me pareció carísimo, pero debo ser sincera: no tengo la más puta idea de los precios de las cosas) y, ya que estaba, un jugo exprimido. De los realmente exprimidos. 90% naranja, 10% frutilla. Nada más. Una combinación perfecta, que demuestra la potencia de las frutillas. Y fui a la caja. Había poca gente. Porque era la siesta, era fin de mes. En la caja, lo encuentro a Rami Petreiro compartimos laburo en el escenario del Cosquín rock, viejo amigo, gran poeta, buen tipo, pero abogado. Nadie es perfecto. Yo, por ejemplo, soy melancolica; él es abogado. Son cosas que pasan. Sacó un fajo enoooorme de billetes de cien para pagar no se qué tarjeta. Es ridículo que andemos con grandes fajos de dinero para pagar sumas pequeñas. O normales, de clase media. Él está casado y tiene hijos, sus gastos de tarjeta deben ser los de una familia de clase media alta. Pero eso traducido a los billetes de 100 pesos, son un montón de papel. El cajero los contaba. Y Ramiro me citaba un poema de Borges. Para después contarme que está abocado leyendo el Manual de Ordenamiento del Empleado Público o algo así. Esperaba que me riera y le dijera que era un freak, pero decidí ir a la caja de al lado. Donde me preguntaron si tenía no se cuál tarjeta, no se cuál cupón y por poco no me pregunta el signo zodiacal. Yo simplemente quería pagarle y terminar la transacción. El chico hasta el nombre me preguntó, le dije, y bueno por educación le pregunté el suyo, -Joaquin me dice sonriendo, tenía un lunar en el cachete además, la concha de mi hermana, ¿ahora todos se van a llamar Joaquín? Bueno, dale que salga el dinosaurio Bernardo y díganme qué todo esto a Sido una cámara oculta. Lo más pronto posible quiero retirarme, más que antes, creo, igual que se dió cuenta que le mire mucho el lunar, que poco disimulada carajo. Por favor. Gracias.
-Te llevo -me dice Rami, ¿me ordena?, no, pero tampoco me lo pide ni me lo ofrece, más bien es un tono intermedio, un tono raro de describir porque es una afirmación imperativa, una especie de señalamiento naturalizado, como algo que él debe hacer por educación y yo no debo rechazar por educación. Los dos somos personas muy educadas. No, mentira, sólo el. Me acuerdo que en la adolescencia Ramiro no puteaba, usaba palabras de un rico vocabulario -heredado de sus padres, seguramente- para expresar sus pensamientos soeces contra quien fuera (todos los tenemos) con distinción y, en cierto modo, precisión. Sin entrar en la vulgaridad.
El primer interrogante es por qué Ramiro va al supermercado, carga cuatro paquetes de yerba - sí, cuatro- de la misma marca, y ahora que lo pienso, había solamente cuatro: ¿qué hubiera sucedido de haber seis o veinte, los compraba todos?, igual, eso lo pienso ahora, el primer interrogante en ese momento fue- por qué iba en auto si el vive a casi cuatro cuadras también, pero más cerca del río. Para el otro lado.
Considerando la hora, y su constante exceso de trabajo, supuse que iría a su despacho, que queda a unas 10 cuadras, en auto. Una vez, saliendo de su despacho, estuvimos dando vueltas por la calle una hora u hora y pico, tratando de encontrar su auto, que estaba estacionado a media cuadra. Porque también quería llevarme.
Fuimos al estacionamiento. Ahora que lo pienso, hay en esa afirmación imperativa también una especie de búsqueda de prolongar el momento, de conversar un poco más, aún cuando no de para conversar nada profundo porque sabemos que es poco tiempo. Se ve que me subí con cara de ganas de decir algo, o una especie de seño que frunzo cuando pienso algo ingenioso y no quiero que se me escape, lo de este Joaquín y el lunar, me mira sonríe y me pregunta en qué pienso, -ay Rami, es largo pero resulta que había un chabón que jamás conocí en persona, que también era un Joaquín y tenía un lunar, un lunar... Mientras me lamo el labio inferior con la lengua con picardía continuo, que al principio me parecía feo, después lo conocí, chateamos y me encantó, una vez me habló sexy en un audio y ay dios me prendió fuego, no deje de pensar en el y en ese lunar, cada vez que veía una foto pensaba que le quería chupar el lunar, pero lamer así dejándole saliva y después tipo con ganas hasta que le quede rojito el cachete viste, así, esas chupadas como diciendo si te agarro no te me escapas más, sos mio para siempre, el tema es donde está ubicado, el lunar, en el cachete, pero el tema es que es como una ubicación de googlemaps que te indica que primero te dirijas a la boca y después si podés tranquila te dirijas a esa mirada tierna que es la contraposición a todo lo erótico que sale de su boca cada vez que me habla, En el asiento de adelante estaba su hija. Debe tener once o doce años. Una niña muy educada, como era de prever. Así que yo traté de moderar mi vocabulario. Fui re poética, igual, me miró cuando termine de hablar y largo una carcajada que empañó todo el parabrisas, yo lo acompañe obvio, la risa de Rami es re contagiosa, el recorrido es corto, paró en la puerta de mi casa, me dejó y se fue.
En Villa Allende cuatro o cinco cuadras, hay que aclararlo, pueden ser terribles. Es una ciudad con muchos accidentes geográficos y en esta zona, están las barrancas. Es normal que una calle empinada te saque el aliento y luego venga otra que termina en ningún lado o que una calle, en un tramo de cuatro cuadras seguidas, tenga cuatro nombres diferentes, como el caso de Río de Janeiro subiendo por Lisboa, que ahora se llama Alameda de la Federación, pero la anterior es Gardel y la anterior Colón. Tres cuadras derecho, tres nombres distintos.
Entonces, pensando en todo esto, entré a casa, puse la carne en la heladera junto con el jugo, destapé una cerveza y me puse a leer el último libro de Martín Rodríguez y Pablo Touzon. Muy bueno. Lo leí de un tirón. Mire una foto del Joaquín este que mis amigos dicen que es un gordo pajero de mierda y forro además, le di un beso al lunar en la pantalla del celular, me sentí una adolescente, después me quedé dormida y pensé que extraño la radio.
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