Les recomiendo leer un libro de Jean Baudrillard escrito hace 28 años. Donde ya intuía lo que está pasando ahora en el país. La indolencia. Las cárceles superpobladas. Los asesinatos. Los jóvenes desperdiciando sus vidas. Los policías honestos jugándose la vida por un puñado de políticos locos, dementes, fuera de la realidad. Los policías corruptos viviendo su Gran Momento. La gente engañada. El opio de los medios de comunicación. La violencia desparramada con naturalidad. Todo está ahí. Ya estaba ahí.
Mientras escribo esta nota. Otro joven será acribillado en las calles de Buenos Aires. O en La Plata. Tirado en la vereda. Un charco de sangre. Un futuro negado para siempre. Bajo la luz mortecina. Una madre llorando. Algunos patrulleros. Los cronistas de la muerte fichando el por algo será del siglo XXI. Sufrimiento. Mucho sufrimiento. Un par de jóvenes, culpables o no, serán encerrados como animales. Serán maltratados peor que perros callejeros. Nunca más saldrán del sistema penal. Unos señores con elegantes trajes se llevarán lo poco ganado en el narcomenudeo. Lo harán como abogados defensores. En nombre de grandes ideales. Como el derecho a una defensa. Tanta hipocresía. Unos jueces. Unos fiscales. Arruinando vidas. Como si nada. Para después llegar a sus casas, besar a sus hijos, soñando que el día de mañana, cuando ya tengan su título de abogacía, arruinarán vidas para orgullo de sus padres. Se seguirán enriqueciendo con la muerte, la prehistoria, la crueldad humana, su salvajismo estúpido. Hasta que el curro dure. Hasta que abramos los ojos. Hasta que el mundo entero nos mire como se mira a los talibanes en Afganistán. Tratando de detener el tiempo. Los señores de la guerra. Los señores de una guerra particularmente hipócrita. Particularmente idiota. Particularmente inútil. Sangre. Sufrimiento. Poder. Control. Riquezas. Silencio. Miedo. Patrulleros. Abogados. Y jóvenes tirados en las calles, bajo un charco de sangre, bajo una luz mortecina, bajo su pronto olvido. Daños colaterales. La guerra contra las drogas no ha tenido lugar. Los cadáveres acumulados son un detalle. Un recuadro en los diarios. Una anécdota barrial. Tirados ahí. Afuera muere gente todos los días que antes no se moría por el coronavirus, asique tranquilos, que no panda el cunico, que nada nunca estuvo bajo control.
Mientras escribo esta nota. Otro joven será acribillado en las calles de Buenos Aires. O en La Plata. Tirado en la vereda. Un charco de sangre. Un futuro negado para siempre. Bajo la luz mortecina. Una madre llorando. Algunos patrulleros. Los cronistas de la muerte fichando el por algo será del siglo XXI. Sufrimiento. Mucho sufrimiento. Un par de jóvenes, culpables o no, serán encerrados como animales. Serán maltratados peor que perros callejeros. Nunca más saldrán del sistema penal. Unos señores con elegantes trajes se llevarán lo poco ganado en el narcomenudeo. Lo harán como abogados defensores. En nombre de grandes ideales. Como el derecho a una defensa. Tanta hipocresía. Unos jueces. Unos fiscales. Arruinando vidas. Como si nada. Para después llegar a sus casas, besar a sus hijos, soñando que el día de mañana, cuando ya tengan su título de abogacía, arruinarán vidas para orgullo de sus padres. Se seguirán enriqueciendo con la muerte, la prehistoria, la crueldad humana, su salvajismo estúpido. Hasta que el curro dure. Hasta que abramos los ojos. Hasta que el mundo entero nos mire como se mira a los talibanes en Afganistán. Tratando de detener el tiempo. Los señores de la guerra. Los señores de una guerra particularmente hipócrita. Particularmente idiota. Particularmente inútil. Sangre. Sufrimiento. Poder. Control. Riquezas. Silencio. Miedo. Patrulleros. Abogados. Y jóvenes tirados en las calles, bajo un charco de sangre, bajo una luz mortecina, bajo su pronto olvido. Daños colaterales. La guerra contra las drogas no ha tenido lugar. Los cadáveres acumulados son un detalle. Un recuadro en los diarios. Una anécdota barrial. Tirados ahí. Afuera muere gente todos los días que antes no se moría por el coronavirus, asique tranquilos, que no panda el cunico, que nada nunca estuvo bajo control.
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